No hace tanto que me
ofrecieron el poder colaborar en una nueva experiencia en la que se embarcaban
los ADN a través de la asociación Arrabal. Me hablaron de valores, de semillas,
de buena actitud y, no sé, a mí me gustaron todas esas palabras.
Siempre me he movido
por impulsos. A veces de forma torpe y otras de forma acertada; pero siempre
dejándome llevar por lo que sentía. Y no sé, es algo que, al menos, me ha
permitido actuar sin temor a equivocarme, porque ya sea de forma positiva o
negativa, he terminado aprendiendo y sintiendo cosas nuevas. Y qué mejor cosa que
no morir en la ignorancia. De lo que sea.
Acudí decidida a unas
jornadas en la que nos explicaba Sonia todas las expectativas de un nuevo proyecto.
Se llamaba “Sembrando Actitud”. Sembrar, bonita palabra. Significa tantas
cosas; ilusión, cuidar, nacer, permanecer, interés, sentir… En definitivas
cuentas, amor.
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Ely Ramírez (derecha) y Sheila. |
Sonia González Pachón nos
explicó que un grupo de chicos y chicas jóvenes no habían tenido mucha suerte en
el ámbito laboral sobre todo por su inexperiencia y que, tal vez, nosotros con
el único ofrecimiento que el de contar nuestras experiencias laborales vividas,
podríamos servirles de ejemplo. Reconozco que al escuchar la palabra “ejemplo”
me asusté, muchísimo ¿Ejemplo? ¿De qué? Yo no me veía ejemplo de nada. Es más,
sentía que me habían acompañado errores en mi vida que aún me perseguían ¿Cómo
iba a servir yo de ejemplo a unos chicos que igual sin mala intención les
estaba induciendo a hacer algo mal? Entonces, al hacerme esa pregunta, caí en
la cuenta que sabía de errores y consecuencias y de buenas intenciones y de
temores y de miedos. Ahí comprendí que, tal vez, esto de “sembrar actitud” no
sólo valía para estos chicos sino que también podía ser muy válido para mí.
Tenía miedos. Miedo a equivocarme, miedo a hacer algo mal y que tuviese una
mala consecuencia en otros. Comprendí también, que las cosas hechas con buena
intención, si fallaban, siempre podían terminar en un “lo siento, de corazón”
en un nuevo aprendizaje y que eso, no podía ser nada malo. Era hora de empezar
a avanzar. Yo la primera.
Me entregaron una
carpeta en la que iba una ficha con un nombre de una chica, Sheila Alba (puaff,
debo reconocer que así de entrada ya me gustó el nombre). Semillas a trabajar:
la 2 y la 4. Pares, los números pares. Siempre me gustaron, más que los
impares. Para cualquiera le puede resultar una tontería, pero empezar algo que
te genere lo que se llama “buen rollo” no tiene comparación ni color. Eso es
así y todos lo sabemos.
Se había decidido que
los miércoles durante mis 25 minutos de bocadillo más 20 minutos que nos
ofrecía Limasa, iba a compartir mi tiempo con Sheila. Había llegado el momento
de comenzar la obra. El cuadro que Sheila y yo íbamos a pintar juntas con el
desconocimiento de ambas de cómo iba a quedar. Y qué gusto, porque no hay nada
más emocionante y a la vez enriquecedor que empezar a hacer algo sin saber
dónde vas a terminar. Tremendo.
Miércoles, hora del desayuno.
Llegó el día.
Vi una chica joven, muy
joven, menuda, tímida, con un rostro muy dulce y una amplia sonrisa. Pensé que
nada podía ir mal cuando en la primera carta de presentación te ofrecen una
sonrisa y más aún cuando se muestra sincera. Sonrisa es generosidad, buena
intención e ilusión. Qué buen comienzo. Me di cuenta que ahí estaba nuestra primera
semilla, la que iniciaba todo. Nuestra sonrisa al conocernos.
Sheila y yo durante
varias semanas charlamos. Al principio debo reconocer que yo más que ella, pero
bueno, poco a poco conseguimos dejar fluir las emociones y dudas para conseguir
hallar supuestas soluciones que sólo los días, la vida, le dará respuestas a
Sheila. Porque, ¿qué es la vida sino un continuo aprendizaje de lo que queremos
conseguir o llegar a ser? No importa la edad, no importa la condición, todos vamos
aprendiendo según los días y pobre espíritu de aquel quien piense que ya lo
tiene todo por sabido.
Lo que más me
impresionó de Sheila fue su ilusión. Tal vez ella ni siquiera reparase en ello,
pero yo sí. Tiene ese brillo en la mirada y en la actitud que se refleja en el
rostro. Tiene ilusión por ser alguien mejor en esta vida en todos los sentidos
y creo que ya con eso es suficiente para emprender un buen camino. Sin ilusión
estamos perdidos, sombríos. Necesitamos el aliciente que hará que nuestros días
se vuelvan fructíferos y con la motivación necesaria para conseguir ser mejores
Principalmente para nosotros mismos. Siento que “Sembrando Actitud” ha
conseguido que esa semilla invisible, la ilusión, también ha empezado a
germinar en Sheila y estoy segurísima que tendrá sus frutos. Seguro.
Como todo lo bueno,
nuestras sesiones se acabaron con la sensación de habernos quedado a la mitad.
Cómo cuando se acaba el capítulo de una buena serie y te quedas con cara de
“¿Ya está?” Pero bueno, aún nos quedaba despedirnos. Para eso la Asociación
Arrabal nos preparó una clausura magnífica, dónde a todos nos reunieron y
mostraron lo que había sido nuestro trayecto. El de 11 personas que en iguales
circunstancias y misma motivación se veían reconocidas en las mismas emociones
y sentimientos. Personas dispuestas todas a “sembrar actitud” en unos días que
no son nada favorables para nadie.
Es mucho lo que he
pensado sobre todo lo vivido en este proyecto. En lo negativo y en lo positivo y
me he preguntado una y mil veces qué me quedo de todo esto y mira que es mucho
lo recibido, pero puedo asegurar que nada, pero nada, es remotamente comparable
al abrazo que me regaló Sheila al irnos. Un abrazo tierno, pausado, sentido y
cálido. De agradecimiento, de los de verdad. De los que ya no se dan por falta
de tiempo o timidez del qué pensarán. De esos abrazos que se sienten calor. Y
lo que no sé si sabe Sheila, es que en ese abrazo que yo correspondí tan de
verdad iba mi ofrecimiento de cogerle la mano cuando el camino que ojalá que no
se torne torcido.
Ojalá seamos ambas, qué menos, un bonito recuerdo.
Ojalá seamos ambas, qué menos, un bonito recuerdo.
Gracias Sheila.
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